Xabier Cabezón - licencia CC-BY-NC-SA

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Ander Izagirre (periodista, escritor, bloguero y viajero) publicó este artículo el 19 de agosto de 2007 en “El Diario Vasco”, en la sección “Paisaje y Paisanaje”, y el 22 del mismo mes en El Correo”, en la sección “Trotamundos”. Este texto figuró posteriormente en el libro “Cuidadores de mundos” (ed. Altaïr, 2008), en el que conforma el capítulo 13 (“El guardián de las ferrerías”).


Leitzaran, memoria en derribo

El Leitzaran es una especie de museo al aire libre en el que se conserva, petrificado, medio milenio de historia guipuzcoana. Pero la ignorancia y la dejadez están destruyendo un patrimonio asombroso sin que nadie mueva un dedo. Xabier Cabezón, que conoce el valle palmo a palmo, nos lleva de paseo.

El Leitzaran es un valle muy peculiar: a lo largo de sus veinte kilómetros viven media docena de personas -casi un milagro en la superpoblada Guipúzcoa- pero está plagado de huellas humanas: ferrerías, molinos, minas, centrales eléctricas, túneles y vías de tren. Durante medio milenio fue una de las zonas más industrializadas de la provincia. «Despoblado sí, pero humanizado a tope», recalca Xabier Cabezón.

Xabier, ingeniero donostiarra de 55 años, lleva 31 pateando hasta el último txoko del Leitzaran. Últimamente le acompaña su hijo Unai. A Xabier le habían interesado desde joven las ferrerías, pero fue en 1976, tras leer un artículo de Peña Santiago sobre las maravillas de este valle, cuando lo descubrió: «Y me atrapó sin remedio», dice. «En muchas de las excursiones montañeras que hacíamos por la zona acabábamos bajando al Leitzaran, y me lo conocía bien, pero a partir de los años 80 ya empecé a hacer visitas con intención. Primero conocí los restos más visibles, luego me fui metiendo por los rincones más remotos, por vallecitos, por los bosques, como un buscador de setas. Descubrí restos de los que apenas había referencias o que no conocía nadie, y eso me dio unas satisfacciones enormes».

Es autor de toda una Biblia sobre el valle: la página www.leitzaran.net, en la que recoge con un rigor y una exhaustividad apabullantes toda la información sobre este territorio. Si nos asomamos -al valle o a la web-, descubriremos la riqueza del patrimonio que aún se conserva en el Leitzaran. Pero Xabier también publica noticias frecuentes de los destrozos que están acabando con algunas de las fábricas medievales más interesantes y valiosas.

Xabier y Unai en la ferrería de Plazaola (2007)
En la ferrería de Plazaola. Foto: Ander Izagirre (2007)

Leamos un par de casos. El 10 de marzo de este año escribió: «La ferrería de Plazaola acaba de sufrir un grave deterioro». Se trata de una de las ferrerías más antiguas, mencionada por primera vez en 1415 (y para entonces ya llevaba tiempo funcionando). Eran, además, los restos más completos y mejor conservados del valle: un tesoro histórico. Hasta que el 8 de marzo el canal de una central eléctrica cercana se rompió y la riada arrasó uno de los muros de la ferrería y parte de las anteparas. Para completar la faena, la empresa propietaria de la hidroeléctrica empezó a reparar el canal sin el permiso de la Diputación (obligatorio porque se trata de una zona de presunción arqueológica) y sepultó las anteparas con piedras de escollera y cemento. Prácticamente la mitad de la ferrería se ha perdido para siempre. Xabier informó del caso a la sociedad de ciencias Aranzadi, que pasó el aviso al departamento de Cultura de la Diputación el 11 de marzo. No recibieron ninguna respuesta.

Si la de Plazaola era «la ferrería mejor conservada del valle» sólo se debe a que hace unos años ya se habían cargado la anterior «ferrería mejor conservada del valle»: la de Ollokiegi, enterrada desde mediados de los años 80. Los propietarios de otra central hidro- eléctrica dragaron una presa y no tuvieron mejor idea que descargar la montaña de lodo y piedras sobre esta ferrería, también mencionada desde 1415. «Posiblemente el autor de la hazaña no tiene una idea cabal de lo que hizo», concluye Xabier.

Frigoríficos en la mina

La ignorancia y la dejadez están destruyendo estas fábricas primitivas, tan hermosas como eficaces, testimonio de la época en que Guipúzcoa se alimentó de hierro. Para conocer los mejores restos (y el penoso estado de algunos), Xabier propone un recorrido por los parajes de Plazaola, Bizkotx, Mustar y Ameraun (diez kilómetros ida y vuelta).

La ruta comienza en Plazaola, el punto donde se concentran seis siglos de historia: minas de hierro, ferrería, camino carretero, estación de tren y central eléctrica. Lo primero que aparece según llegamos son las ruinas de un edificio alto, con el techo desplomado: la fábrica de carburo, sustancia que se usaba en las viejas lámparas de los mineros. Al lado quedan los restos de una cantina, unas viviendas y la estación de tren (una casita de ladrillo, también desvencijada, devorada por la vegetación y con las esquinas cascadas por los golpes de los camiones madereros). Hacia el norte la vía del ferrocarril se desdoblaba, por lo que existen dos puentes sobre la regata Frankio, cada uno con su andén bien visible. Y hacia el sur de la estación, si miramos con mucho ojo entre la maleza, descubriremos la boca de un túnel derruido, el que hacía el número 30 (contando desde Pamplona) de los 66 que tenía el tren del Plazaola.

No es difícil imaginar el bullicio de este paraje en sus tiempos de esplendor: las explosiones en las minas, las vagonetas cargadas de hierro, los trabajadores yendo y viniendo como en un hormiguero, la locomotora silbando en la estación. Aquel tren conectó San Sebastián con Pamplona entre 1914 y 1953, pero en su origen (1904) apenas fue un pequeño ferrocarril minero que sacaba hasta Andoain el mineral de hierro extraído en los cercanos yacimientos de Bizkotx. También en Plazaola se explotó un pequeño filón. Xabier me muestra el pozo de ventilación de una galería. Me asomo y veo que alguien lo usó como vertedero: al fondo hay una lavadora, un frigorífico y un montón de chatarra irreconocible. «Eso también es el Leitzaran», dice con media sonrisa.

A trescientos metros de la estación se encuentra la ferrería de Plazaola, junto al caserío en el que antaño vivieron los ferrones. Desde el caserío hay que bajar a la orilla, entre zarzas y árboles caídos, para apreciar los imponentes muros de la ferrería -o lo que queda de ellos-. Algunos grupos de jóvenes voluntarios, el Burdina Taldea de Andoain y el Aldin Elkartea de Berastegi se han encargado de limpiar la maleza aquí y en otros puntos, pero la vegetación tarda poco en cegar los caminos y envolver las ruinas. A pesar de todo, aún puede apreciarse parte de las anteparas y Xabier aún puede explicar cómo funcionaba este ingenio hidráulico.

Las anteparas son dos muros paralelos, con cuatro arcos enfrentados en cada uno. Esos arcos estaban atravesados por los ejes de los mazos y los fuelles. ¿Cómo se movían los ejes? En la parte superior de las anteparas el agua corría por un canal; cuando se abrían los pasos, la corriente se precipitaba entre los dos muros y hacía girar unas ruedas que transmitían el movimiento a los ejes. En el extremo del eje, el martinete golpeaba rítmicamente sobre el yunque y de esa manera moldeaban los ferrones el hierro al rojo.

Redescubrir un tren

En Leitzaran se instalaron al menos 18 ferrerías, de las cuales 13 llegaron a trabajar simultáneamente. Esta riqueza industrial se explica porque aquí disponían de los tres elementos indispensables: corrientes de agua (para impulsar ruedas, martillos pilones y fuelles), combustible para calentar el hierro (carbón vegetal, de los abundantes bosques cercanos) y minas (no siempre necesarias, porque a veces se traía hierro vizcaíno, de mejor calidad).

Una de las minas que abasteció a las ferrerías, al menos desde el siglo XVII, es la de Bizkotx. Pero su auge llegó en épocas más recientes, con las extracciones de hierro de principios del siglo XX, tan abundantes que justificaron la construcción del tren del Plazaola. A las minas de Bizkotx se llega en el primer kilómetro de nuestra excursión: una señal indica el desvío hacia la derecha. Enseguida descubriremos dos grandes hornos, de ocho metros de altura (falta un tercero, el central), en los que se calcinaba el carbonato de hierro para convertirlo en óxido, de menos peso y más puro. A los pies de los hornos se aprecia un gran depósito, en el que se amontonaba el óxido, y por las seis trampillas inferiores se descargaba directamente sobre los vagones del tren. El último episodio de estas minas fue bastante curioso: durante la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, una compañía de capital germano reanudó la explotación. Pero el filón de Bizkotx ya estaba prácticamente agotado y tardaron poco en cerrar la mina.

Cuidadores de mundos, por Ander Izagirre

Siguiendo pistas

Pronto llegamos a un paraje que trae recuerdos emocionantes a Xabier, recuerdos del día en que descubrió el trazado del tren de Lorditz. Este pequeño ferrocarril de sangre (tirado por animales) se construyó para sacar hierro de las minas de Tantaieta y Altzegi, y estaría olvidado para siempre de no ser por la asombrosa tenacidad de nuestro sabueso del Leitzaran. Sólo tenía una pista: en un remoto informe minero de 1907 se mencionaba (en un par de líneas) que a la estación de Mustar llegaban unas vías desde los yacimientos citados. Un día Xabier se metió por el bosque y descubrió una pista maderera que le resultó sospechosa: «Estaba muy explanada, muy horizontal, y subía siguiendo suavemente las curvas de nivel». El descubrimiento de unas pequeñas ruinas (cargaderos, pequeños edificios) y de unos raíles oxidados confirmaron el hallazgo. Justo antes del poste que indica el kilómetro 3, a mano derecha, veremos entre los pinos dos muros de cinco metros de alto: son los hornos de Mustar, bastante bien conservados. Hasta ahí llegaba un plano inclinado de medio kilómetro por el que terminaba de bajar el tren de Lorditz.

Xabier anuncia otra sorpresa. Después de pasar un túnel, una señal nos desvía hacia el paraje de Mustarzar. Allí se encuentran algunos restos de la ferrería de Mustar, citada en 1468, también deteriorados y amenazados por una presa moderna y una pista para todoterrenos. Pero antes aparece la joya de este rincón: un arco de piedra, rebozado de hiedras y musgos, que vuela de una orilla a otra del río. Es el puente de Mustar, que ya debe de haber cumplido medio milenio porque data de la época de la ferrería. «Esta es una de las pitxias de Leitzaran», dice Xabier, «y como está apartada de la pista principal, aunque sea a dos pasos, no la conoce casi nadie».

Después de varios túneles y un gran acueducto, en el quinto kilómetro alcanzamos el fin de este recorrido en Ameraun. Además de la central eléctrica y las viviendas de los trabajadores, en este meandro del río se encuentran los restos de otra ferrería mencionada en 1415. Queda un puente, el canal, un túnel y unas anteparas que han sufrido la adaptación más curiosa de todas: los trabajadores de la hidroeléctrica aprovecharon la ladera del monte para levantar un frontis y el muro externo de las anteparas como pared izquierda del frontón. Está abandonado desde los años 60 pero durante un tiempo fue, sin ninguna duda, el frontón con paredes más viejas de todo el País Vasco.

Ameraun es un lugar ideal para tomar un almuerzo y descansar un rato. Después, el paseante puede retroceder hasta Plazaola o atravesar el valle hasta Andoain (una quincena de kilómetros). En cualquiera de los casos, por el camino puede intentar descubrir los recónditos túneles del tren minero (esquivados por el posterior tren de pasajeros), las bocaminas y las ruinas menores de otras ferrerías que no hemos mencionado aquí. Tienen las pistas en la página de Xabier.

PISTAS

Cómo llegar: En la autovía A-15 (Andoain-Irurtzun) tomamos la salida 138 (Areso/Leitza). A los pocos metros, giramos a la izquierda en dirección a Berastegi. Después de cruzar por debajo el viaducto de la autovía, a mano derecha sale un estrecho camino de asfalto (indicado por la señal de Erreka Auzoa). Enseguida llegamos a las ruinas de la estación de Plazaola. La otra entrada al valle está en Andoain.

Ander IZAGIRRE


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