Xabier Cabezón - licencia CC-BY-NC-SA

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Relato de UNAI CABEZÓN (2007)


LEITZARAN

Una suave brisa casi imperceptible agita sutilmente las hojas de los árboles. Los rayos del sol de mediodía se filtran entre las copas de color verde clorofila e iluminan frágilmente los ruinosos arcos de la ferrería semiderruida del Plazaola. A su lado, bajo el acueducto, las aguas diamantinas del Leitzaran ondean suavemente y transmiten frescor y dulzura a grandes dosis. La paz y la naturaleza aparecen como sentimientos olvidados en lo más profundo de nosotros.

Los relatos acuden a mis pensamientos como el aroma de los pinos a mi olfato. Un hombre que oculta una pistola bajo la gabardina y huye de la autoridad entre las sombras se transforma en una pareja de jóvenes pegando sus labios en este lugar romántico. Unos barbudos enanos salen de las minas de mitrhil y se adentran en un bosque iluminado por las hadas y los fuegos fatuos, donde unos elfos silvanos de certera puntería los esperan ocultos en el follaje, tensando sus arcos. Donde cuatro “hippies” fuman marihuana, una tropa carlista, con sus boinas rojas y todo, avanza decidida. Los fantasmas de un vagabundo que cayó al río y de una dama de alta alcurnia que se extravió en la época de los banderizos asustan a dos ciclistas que se protegen de una granizada al amparo de un túnel. ¡Y cuidado con el Basajauna! Pero el más terrorífico de los horrores, ese ser al que invocaron los bárbaros jentillak que levantaban círculos de piedra y dólmenes en las cumbres circundantes, duerme en lo más profundo del valle, lugar jamás horadado por los seres humanos.

Las leyendas imaginarias se desvanecen tan pronto como han aparecido y continúo el camino. Cada lugar que visito, las estaciones abandonadas, los baserris sobre las colinas, los puentes construidos con piedras ancestrales que guardan incontables secretos… Se me llena la cabeza de recuerdos.

Conforme avanzo, cual halcón sobrevolando un Edén terrenal, la fauna y flora me envuelven y siento que me fundo con el valle, como si los druidas paganos se apoderasen de mí. Y la magia y la fantasía vuelven, pero no en forma de lamias, sino de un modo real, pues lo que nosotros los humanos llamamos magia habita el Leitzaran y hace que nos fundamos con él y sintamos que es tan parte nuestra como nosotros somos suya.

Puente mustar

¡Abrid paso a los buscadores! Evoco las búsquedas con mi padre, sabio mentor del valle idílico: los buscadores de ferrerías, azotados por una cascada procedente del negro firmamento en las lindes del Ubane; los buscadores de minas, adentrándose en agujeros tenebrosos y no documentados en el valle del Lorditz; los buscadores de seles, incansables, en las lomas de Abadekurutz; y los buscadores de belleza, en la zona de Lapurtxulo, donde las hadas y silfos protegen a quien dio nombre al bosque encantado.
¡No, la lluvia lo hace aún más hermoso!

Y finalmente, al contemplar la imponente autovía del Leitzaran, los poderosos camiones, las extensas áreas deforestadas, el imperdonable destrozo de Plazaola, las gargantuescas centrales sobre las antiquísimas ruinas; entonces me acontece, que no deseo, que el Leitzaran pueda estar en peligro de extinción.


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